En las cosas que al principio son casi neutras, pero que se le revelan en seguida (a nosotros a la larga) como de una dulzura desgarradora, místico, el chino ha puesto su infinito, de exactitud y de gustación. El jade, las piedras pulidas y como húmedas, pero no brillantes, turbias no transparentes, el marfil, la luna, una sola flor en su maceta, las ramas de múltiples ramillas con hojitas delgadas, vibrantes, los paisajes lejanos y envueltos en una bruma naciente, las piedras perforadas y como torturadas, el canto (debilitado por la distancia) de una mujer, las plantas sumergidas,
el loto, el croar del sapo en el silencio, los manjares insulsos, un huevo ligeramente pasado, los macaroni pegajosos, una aleta de tiburón, una lluvia fina que cae, un hijo que cumple los ritos del deber filial con una precisión enervante, insoportable, la imitación bajo todas sus formas, plantas de piedra, con flores cremosas, de corolas, pétalos y sépalos de una perfección irritante, representaciones teatrales en la Corte, por prisioneros políticos, obligados a tomar parte, crueldades deliciosas, he aquí lo que les ha gustado siempre a los chinos. [Michaux - Un Bárbaro en Asia]